La Masonería y la Inteligencia Artificial: Sentimientos y Emociones
¿Qué espacio queda para las emociones en una civilización centrada en la inteligencia?
En un mundo donde las tecnologías inteligentes forman parte de nuestra vida cotidiana —teléfonos, relojes, electrodomésticos e incluso casas y ciudades “inteligentes”— surge una pregunta crucial: ¿es la inteligencia artificial quien domina el mundo? Aunque pueda parecer una pregunta simple, su complejidad es profunda, considerando que durante toda la historia de la humanidad el concepto de inteligencia ha ido evolucionando y transformándose junto a los avances científicos, filosóficos y tecnológicos.
Tradicionalmente, hemos considerado la inteligencia como el rasgo distintivo de nuestra evolución: el desarrollo del neocórtex nos permite razonar, anticipar y tomar decisiones. Así, durante más de un siglo, distintas disciplinas han intentado definir y medir la inteligencia desde enfoques diversos. Pero, ¿somos solo inteligencia? La respuesta es claramente no.
Las emociones han sido igual de determinantes para nuestra supervivencia y evolución. Nos permiten interpretar el entorno, reaccionar ante el peligro, vincularnos con otros y construir comunidades (Cacioppo & Gardner, 1999; Reeve, 2010). Como plantea António Damásio: no somos seres pensantes que sienten, somos seres sintientes que piensan (Damásio, 1994). Las emociones no son un mero complemento de la razón, sino un componente estructural de nuestra humanidad que permite organizar toda nuestra vida.
En este escenario hipertecnologizado, donde proliferan los sistemas de Inteligencia Artificial, surge una inquietud ética y existencial: ¿puede haber bienestar sin emociones? ¿Estamos dejando fuera un componente esencial de la experiencia humana al diseñar inteligencias sin emociones? ¿Debería una Inteligencia Artificial tener una ética emocional? ¿Cuáles son los desafíos que impone la inteligencia artificial en la enseñanza masónica?
Bienestar en Tiempos de Inteligencia Artificial
La conceptualización del bienestar se ha centrado en dos perspectivas: el bienestar psicológico y el bienestar subjetivo, asociadas a la tradición eudaimónica y hedónica respectivamente (Diener, 1984; Keyes, Shmotkin & Ryff, 2002; Ryff, 1989; Ryan & Deci, 2000, 2001). Desde estas aproximaciones, el bienestar se entiende como una experiencia que considera tanto las condiciones actuales de las personas como la valoración que hacen de su pasado y sus expectativas hacia el futuro (Vera-Villarroel et al., 2015).
La masificación de la IA y su incorporación cotidiana ha traído ventajas, pero a su vez ha implicado serias dificultades en su aplicación en diversos sectores (Kosasi et al., 2023; Al-Rawashdeh et al., 2022). De esta forma, es necesario repensar el rol que juega la Inteligencia Artificial: si bien ayuda a optimizar procesos, no es capaz de experimentar empatía, compasión ni calidez, elementos basales de la interacción humana.
El Umbral del Pensamiento y el Taller Masónico
En el umbral del pensamiento hay percepción; antecede a la palabra el silencio lleno de sentidos. Estos captan el mundo, sí, pero también despiertan lo que nos habita: las emociones que nos guían, nos sacuden y nos advierten. La compasión ante la injusticia nos llama al cambio; nos impulsa a transformar la piedra bruta en templo unificador, el caos en orden y la injusticia en justicia.
Sabemos que las emociones no deben reinar solas, pero tampoco ser ignoradas. Son ellas las que abren la puerta hacia nuestras decisiones filtradas por la moral y la ética. Nos invitan a elegir entre las sendas bifurcadas: una que desciende hacia la ignorancia y los vicios, y la otra que asciende, con esfuerzo, hacia la virtud y la sabiduría.
Aprender a conocerlas, equilibrarlas y servirnos de ellas sin ser esclavos suyos es parte esencial del trabajo del masón. Y si la IA ha de convivir con nosotros, deberá respetar esta arquitectura sagrada de lo humano, siguiendo el surco sublime de las tres vías:
- Libertad: Respetando la autonomía del ser humano; no imponiendo decisiones, ni dirigiendo voluntades, y mucho menos manipulando encubiertamente las emociones. Su tarea no es dominar, sino servir.
- Igualdad: Todo diseño de IA debe estar rigurosamente libre de sesgos algorítmicos que reproduzcan prejuicios humanos, evitando perpetuar discriminaciones sin control.
- Fraternidad: Estando al servicio del encuentro genuino; debe promover la cooperación, el entendimiento y la paz, acercándonos y reconociéndonos en lugar de aislarnos y fragmentarnos.
Conclusión: El Templo Invisible del Espíritu
¿No es acaso nuestro deber, en cada uno de los grados, entregar y recibir las herramientas necesarias para este trabajo? Al igual que al momento de nuestra iniciación en la cámara de reflexión, solo a través de un diálogo honesto con uno mismo puede surgir la verdadera luz. La inteligencia artificial puede acompañar el camino documental, pero nunca reemplazar el trabajo silencioso, profundo y transformador que exige el desbaste masónico.
Las emociones son lenguaje antiguo. No se escriben con letras, sino con temblores, latidos y lágrimas. Irracionales, sí, pero sagradas. Permiten al ser humano sobrevivir, comprender y crear belleza. Y aunque las máquinas no sienten, pueden —como ecos lejanos— aprender a leer los signos: el tono quebrado, la mirada caída, la palabra temblorosa. No se trata de que las máquinas "sientan", sino de que acompañen con respeto; no de que simulen humanidad, sino de que honren la nuestra.
“La Inteligencia Artificial, por poderosa que sea, no tiene alma. Pero nos confronta con la nuestra. Y en esa tensión, tal vez recordemos quiénes somos y cuál es la verdadera obra que hemos venido a construir: el templo invisible del espíritu.”
Apuntes personales y trazado de los Hermanos y Hermanas de la Gran Logia Mixta de Chile (Catedral N° 2091, Santiago de Chile):
Wenceslao Leiva Catalán, Karem Celis Atenas, Manuel Gutiérrez Castillo, Freddy Henríquez Celedón, Antonio Manonellas, Luis Catalán Catalán.